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17 de julio de 2010

Veían pasar el tiempo y la gente, en Las Ramblas.

Paseaban juntos pero un poco distanciados, agarrados solo por un pequeño hilo, además de diez dedos unidos y enlazados. No estaban en Las Ramblas. Estaban sin estar. Alex pensaba en lo liado que estaba, en que la quería y no podía parar de pensar en ella. Y Adri... Adri pensaba en él, en que le quería, y adoraba su forma de hacerla sentir niña y mujer a la vez. Y a pesar de todo, del dolor que él la hizo, y a veces la hacia, sabía que le quería. ¿cómo? Aun no estaba segura. Nunca lo estuvo.
-¡Mira! -la pequeña chica ataviada de un vestido blanco que realzaba su pequeña figura y unas gafas con los que no se la veían los ojos, señaló un conejito blanco que estaba en uno de los puestos de aquella larga calle- es precioso.
-Es un bicho -jugueteando, Adri le saca la lengua- pero se parece a ti.
-¿A mi?
-Ahá. Es pequeño, blanquito y seguramente miedica.
-¡No soy miedica! -se pone de puntillas para mirarle a los ojos- ya verás.
-¿El qué?
-Esto.
Le besa despacio, sin pensar, sintiendo. Como tantísimas veces quiso, como tantísimas veces soñó. Sin miedo. Porque aunque es pequeña y dulzona siempre tiene un pequeño sabor a limón, amarga y fuerte. Y ahora más, porque él se lo pasa.